- Ir al Portal General -

- Los  Hijos -
Yo me atrevo a decir:
"Los Hijos : Nuestro mejor bien"
De una riqueza de aporte incalculable.

 

Pero no podemos conformarnos con lo que dije más arriba y desarrollo mis razones:

Las dificultades que el ser humano ha tenido para su evolución, han estado fundamentalmente, no en la ausencia de seres o individuos que pusieran de manifiesto cuestiones esenciales vitales, sino en la torpeza de no saber percibir el espíritu de esas esencias vitales sembradas; y llamo "esencias" a esos valores del conocimiento expresados a través de diversidad de manifestaciones dialécticas históricas.

Contemplamos todo a través de cristales ópticos embrutecidos por la fuerza de la tradición. Así, todo lo que se desvíe del modo de entender las situaciones y procesos humanos según la óptica del sistema social imperante, aparece sin sentido o con éste malformado.

Se le concede a "la profesionalidad" el poder de interpretación y decisión sobre todo cuanto ocurre; y las profesiones hoy día vienen a ser, generalmente, modos de legalizar determinados criterios de operatividad en los distintos marcos del quehacer humano.

De esto último da fe la fuerza coercitiva que poseen los colegios profesionales para evitar lo que ellos llaman intrusismo, que en la mayoría de los casos vienen a ser actividades desarrolladas desde otra óptica del entendimiento, que a veces pone en entredicho la validez de los presupuestos sobre los que se fundamentan los propios criterios de la profesión institucionalizada.

Y también, la experiencia de cómo cuando un individuo del marco institucionalizado declara la constatación de hechos que se contradicen con lo establecido por ese marco, se le excluye del colectivo, con recriminación y con prohibiciones de seguir ejerciendo lo que ellos llaman "su profesión", no importando si dicho individuo fue recientemente galardonado con un premio Nobel, expresivo de la validez de sus declaraciones o deducciones.

Pues algo análogo ocurre con el concepto sobre los Hijos. El criterio de transmisión genética condiciona a la mente al sentimiento de que son seres que surgen "desde nosotros" y no "a nuestro través", y a esperar de ellos que sean una prolongación nuestra, para alcanzar lo que nosotros no logramos llegar a ser.

Aquí vendría muy bien insertar expresiones de Khalil Gibran en su valioso legado del libro El Profeta, de las que hago uso no por lo que me agradan en sí, sino por lo que me ayudan a expresar de forma preciosa y eficaz mis propios criterios sobre ello:

"Vuestros hijos no son hijos vuestros.
Son los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de sí misma.
Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros.
Y, aunque estén con vosotros, no os pertenecen.
Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos.
Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas.
.........."

*****     *****     *****
*****     *****
*****

La evolución humana pasa por un proceso en que todo aquello que no soportamos en nosotros, pero que está en nosotros con posibilidad o cierta tendencia de tomar cuerpo o expresión, se manifiesta a través de nuestros hijos, para que al verlo fuera y en persona de nuestra sangre, nos veamos forzados a reconsiderarlo y a trabajarnos sobre ello.

Pero no actuamos de esa manera, sino que procedemos a recriminarlo y atacarlo, cuando en realidad a veces es sólo algo que difiere de nuestra tendencia de comportamiento; como otra opción polar de las posibilidades del comportamiento humano, expresada cercana a nosotros y ante la que no hemos aprendido a situarnos.

Lo que somos, buscamos que lo sean nuestros hijos,
pero superando lo que no fuimos capaces de alcanzar en nosotros mismos.

Pero no es eso lo que busca la Vida a través de los hijos que permite vengan a nuestro través. Lo que ella busca no es alcanzar lo no logrado en los planos de la materialidad y de las vanidades, sino lo no alcanzado en los niveles de la superación personal que nuestro ser esencial demanda dentro del contexto personal y colectivo en el que estamos inmersos y al que debemos ir dando vida manifiesta.

Y es así como un hijo llega en el momento oportuno en que nuestra vida tiene que experimentar algún cambio importante, para retomar con más fuerza alguna opción de las que esté en nosotros necesitadas de reforzarse, o para apartar de nosotros algo de lo que limita nuestra inercia principal.

De esta manera, el hijo que gestamos acapara para sí lo que en nosotros debe de desprenderse, y cede de sí lo que precisa apartar de él y que encaja en nuestras propias necesidades (generalmente distintas de los deseos de nuestra mente). Necesidades que no tienen que ser vistas como positivas o placenteras, sino acopladas a nuestro proceso personal humano y a las del propio hijo cuyo cuerpo físico se gesta en nuestro interior.

Dicho con otras palabras, si ansiamos dejar de ser perezosos y no lo logramos por nosotros mismos, puede llegarnos un hijo que acapare para sí esa energía de pereza (o de falta de laboriosidad, o de dinámica, etc.) y nos aporte de lo que en él hay -a nivel estructural- de posibilidades de actividad. Con ello, a partir de darlo a luz (hay un proceso de tiempo para cada caso en particular), podremos apreciar ese cambio en nosotros. Y cuando él, ya de mayor, exprese la pereza, no tenderemos a ayudarlo en función de nuestra experiencia sobre la dificultad de salir de ella, sino a criticarlo, por no alcanzar a comprender el por qué de ese hijo en nosotros.

Estos "trasvases de energías" (intercambios estructurales de las posibilidades de expresión de los individuos) que transitoriamente o de forma perenne surgen entre los miembros de una familia, es lo que posibilita a las almas que se encarnan el enganche (la permanencia) al plano terrestre; atadura a este plano de expresión que es óptimo para el enriquecimiento de los procesos evolutivos de aquellas.

Sin esos trasvases, la evolución sería imposible, pues "nada cambia si no intercambia". Y esos intercambios es lo que, expresando fuera lo que es de nuestro interior, nos permite trabajar aquello que se escaparía a nuestra percepción; y trabajarlo de modo que no podamos escurrirnos de ello, pues se vincula a nosotros con lazos de consanguinidad.

No es extraño pues, el sentimiento generalizado de discordia entre padres e hijos. Los primeros acaparando lo que los hijos sitúan en ellos desde el propio instante de la concepción, sin comprender qué viene a ser y significar en sí mismos, dejando para ellos, sin ni siquiera darse cuenta, algo o mucho de lo que desestiman de sí. Y los segundos, los hijos, jugando a la contra de los preceptos y consejos de aquellos, desconcertados desde pequeños del proceder que para con ellos tienen.

*****     *****     *****
*****     *****
*****

Durante todo el tiempo de la concepción de un nuevo miembro familiar, éste moviliza los niveles fisiológicos de la madre para que se opere a través de ella el cuerpo que viene identificándolo en su expresión encarnada. E igualmente movilizará el proceder del padre en lo que tenga éste que aportar como alimento energético del cuerpo y personalidad del ser que gestan.

Estos cambios en los procederes de padre y madre serán muy notorios cuando con alguno de ellos o con ambos exista marcada diferencia de personalidad (con la personalidad que ya le era propia al individuo cuyo cuerpo se gesta). Y apenas si surgirán cambios en sus progenitores cuando exista con ellos analogía de personalidad.

Casos muy especiales resultan ser aquellos embarazos que provocan situaciones de importante bloqueo dinámico de la madre, por "peligros" de aborto generalmente, anunciadores de importante conflicto entre las personalidades que intervienen (del hijo y padres), o que el ser en gestación precisa de algún importante bloqueo de su condición humana (física o psíquica) para el proceso al que viene a incorporarse. Casos estos no a evitar, pero sí a considerar las actitudes hacia ellos, pues no suele ser únicamente la condición del nuevo ser la causante del conflicto que se avecina, sino la relación que surgirá con alguno de los miembros de la familia.

Pero si bien es "conflicto" lo que generará de alguna manera, no es menos real que la merma funcional orgánica o psicológica de ese hijo viene a significar un importante aporte (trasvase) positivo hacia algún miembro familiar, de aquello que se verá mermado en el que ahora viene a nacer. Podrían ser capacidades de orden intelectual, respiratorio o dinámico, entre otras.

Así pues, las circunstancias de un embarazo o gestación del nuevo ser que viene a ingresar en el ente familiar, son extraordinarias para adquirir información acerca de la condición de la personalidad que viene a encarnar, no tomándolas como condicionantes de lo que luego resultará de ellas, sino siendo la personalidad que se gesta la promotora de las circunstancias que se vivirán en torno al embarazo.

Quiero decir con esto que, ya que un embarazo está condicionado por las circunstancias que precisa la formación del cuerpo físico y mental (debe haber ajuste siempre entre ambos) que caracteriza al ser que viene a nacer, lo que en él se viva viene a informar muy prácticamente sobre lo que será la expresión de vida de ese hijo durante las fases claves de ésta.

Nuestra soberbia generacional estará dada a creernos creadores de la personalidad del hijo, tanto por lo genético como por lo que le aportamos durante su gestación y a lo largo de su vida, pero lo cierto es que es él o a través de él como se promueve todo, e incluso el momento y circunstancias en el que se concibe y en que nace.

No olvidemos que es "la expresión de su ser psíquico" lo que ha de representar el cuerpo que se gesta. Él volverá a ser como ya era antes de venir en esta ocasión a nosotros, y sólo cambiará en aquello que reciba "de nosotros" y no a través de sólo consejos y directrices.

La Psicología ortodoxa viene a justificar la personalidad del hijo a raíz de las circunstancias que vivió el feto en su gestación. Pero este criterio nace de la no aceptación de que la vida de un individuo es anterior a la de su cuerpo presente, basado en concepciones puramente materialistas sobre el discurrir de la vida; vida la cual rebasa las fronteras del espacio-tiempo que el raciocinio humano es capaz de concebir.

*****     *****     *****     *****     *****     *****     *****     

*****                     *****

Todo lo anteriormente expuesto debemos aplicarlo a nuestro entendimiento del ente Familia. Cada individuo viene a él a un cometido concreto dentro de la misma, hacia cada uno de los que la forman y, al mismo tiempo, a posibilitarse a sí mismo el cometido con el que aparece a la vida encarnada.

Establecer buenas relaciones de Diálogo con todos los miembros de la familia es la clave del buen desarrollo del proceder orgánico del Ente, ejercitándonos en la tolerancia, la colaboración y el estar dispuesto a ceder de nuestras inercias en lo que sea preciso, así como en los momentos y circunstancias oportunas. Es decir, a retrasvasarnos todo lo que cada cual precise en situaciones críticas de su vida, pero ahora con voluntariedad consciente, haciendo uso así del verdadero valor de Amor que debemos cultivar.

El Diálogo abierto y sincero entre todos los miembros, es la única herramienta válida para el eficaz fluir de los valores del colectivo, para que actúen en colaboraciones recíprocas y no en distorsión permanente. Entender que cada cual no es sólo por sí, sino gracias a lo que los demás son, nos ayudará a ello.

En la realidad del ente familiar, cada miembro adquiere capacidad evolutiva
gracias a lo que cede y a lo que absorbe de los demás, llevados todos por sus inercias genéticas personales.

Entre todos alimentan el todo que son. El procurar a cada cual armonía, es la tarea esencial del grupo. Cualquier otra labor de desarrollo unilateral (sin considerar cómo influye en los demás o qué aportan éstos), es seguir alimentando la decepción, el desencanto y la angustia vital que caracteriza a nuestra humanidad.

- - Subir - -


Angel Baña